Tropas del Espacio
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By Akin since 2002
Ha salido el tema en una entrada anterior. Y he discutido este libro infinidad de veces con infinidad de personas.

A mí me parece fascista, ideólogo de la violencia como medio y como fin, que hace apología del genocidio y que es simplemente despreciable. Sé que la inmensa mayoría de los lectores les parecerá excesivo, así que voy a ir poniendo algunos fragmentos.

Heinleim se expresa en ese libro a través de algunos de sus personajes, como suele hacer siempre, el anciano tremendamente sabio que es el referente ético del resto de personajes. El primer personaje que aparece es Dubois, ex-militar y mutilado, que suelta este discurso en la graduación:

Pues usted no parecía saberlo -replicó él secamente-. Puesto que lo sabe, ¿no diría que la violencia sí influyó, y mucho, en su destino? Sin embargo, yo no me burlaba de usted; sólo expresaba mi desprecio por una idea estúpida es inexcusable, práctica que sigo siempre. A cualquiera que se aferre a esa doctrina históricamente falsa, e inmoral por completo, de que la violencia jamás resuelve nada, yo le aconsejaría que conjurara a los fantasmas de Napoleón Bonaparte y del Duque de Wellington, y les dejara discutirlo. El fantasma de Hitler podría ser el árbitro, y el jurado bien podrían formarlo el dodo, la gran alca y la paloma silvestre. La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria constituye el peor de los absurdos. Los que olvida esta verdad básica siempre han pagado por ello con su vida y su libertad- suspiró.


Bien, una de las acusaciones, ultra-violento, hasta el extremo de que la violencia es una ideología indiscutible, despreciando a quienes no la comparten y convencido de que es una verdad absoluta.

- A ver, usted, ¿cuál es la diferencia, si es que hay alguna, entre el soldado y el civil?
- La diferencia -contesté cuidadosamente- se basa en la cuestión de la virtud cívica. Un soldado acepta la responsabilidad personal de la política del cuerpo del que forma parte, defendiéndola si es necesario con su vida. El civil, no.


Curioso desprecio, la virtud cívica unida a la capacidad de matar y morir, y yo que creía que un virtuoso cívico era aquel maestro que nos saba clases extra sin pedir nada a cambio y que trataba de educarnos además de enseñarnos. Pero no, ese no tendría virtud cívica en el mundo de Heinleim porque no estaba dispuesto a matar o a morir.

Mas adelante se juzga a un soldado por agredir a un oficial superior. Este en unas maniobras le pone la cara en un hormiguero y el soldado le golpea. Más tarde se produce un consejo de guerra:

-¿Desea interrogar a los testigos? El tribunal le ayudará si lo desea.
-No.
-Póngase firme y diga "señor" cuando se dirija al tribunal.
-No, señor. -Y añadió-: Quiero un abogado,
-La ley no permite un abogado en un consejo de guerra. ¿Quiere declarar en su propia defensa? No se le exige que lo haga y, en vista de las pruebas presentadas, el tribunal no tomará nota judicial si decide no hacerlo. Pero se le avisa que cualquier declaración que haga puede ser utilizada en contra suya, y que será sometido a un contrainterrogatorio.

El final es que ese soldado, sin derecho a defensa, es condenado a ser torturado (latigazos), y eso como el propio libro explica porque el tribunal no tenía competencia para aplicar el castigo que sus leyes marcaban, ser colgado del cuello hasta morir. No mucho después un soldado deserta y en su deserción comete un crimen, el resultado es que a ese otro soldado sí se le aplica la pena de muerte.

Y entonces mató a una niña.
Fue juzgado y condenado por un tribunal local, pero la tarjeta de identidad demostró que era un soldado no licenciado; hubo que notificarlo al ministerio, y nuestro general en jefe intervino en seguida. Entonces nos lo devolvieron, ya que la ley y la jurisdicción militar tienen precedencia sobre el código civil.
¿Por qué se molestó el general? ¿Por qué no dejó que el sheriff de la localidad hiciera el trabajo?
¿Para «darnos una lección»?
En absoluto. Estoy seguro de que nuestro general no creyó que ninguno de sus chicos necesitara sentirse asqueado para no andar por ahí matando niñas. Ahora estoy convencido de que nos habría evitado el espectáculo de haberle sido posible.
Aprendimos una lección, aunque nadie lo mencionara entonces, y una que cuesta mucho tiempo saber bien, hasta que llega a cobrar carta de naturaleza.
La Infantería Móvil cuida de los suyos, pase lo que pase.
Dillinger nos pertenecía a nosotros, aún estaba en nuestra nómina. Aunque no le quisiéramos en el cuerpo, aunque nunca debiéramos haberle aceptado, aunque nos habríamos alegrado de rechazarle, era miembro de nuestro regimiento. No podíamos renegar de él y dejar que un sheriff se encargara de matarle a dos mil kilómetros de nosotros. Cuando es necesario hacerlo, un hombre - un verdadero hombre - mata personalmente a su perro; no busca a otro para que lo haga.
Los informes del regimiento decían que Dillinger era nuestro, de modo que nuestro deber era ocuparnos de él.

Me encanta lo de 'un hombre, un verdadero hombre'.

No mucho después al protagonista del libro le aplican cinco latigazos por un error en otras maniobras.

Era un bocado de goma, como el que solíamos ponernos para evitar los dientes rotos en los ejercicios de combate cuerpo a cuerpo. Se fue. Me lo metí en la boca. Luego me pusieron las esposas y salimos.
Leyeron la orden: «... en un simulacro de combate, grave negligencia que, en acción, habría causado la muerte de un compañero de equipo», y entonces me quitaron la camisa y me colgaron.
Ahora bien, es muy curioso: los azotes no son tan duros de aceptar como de ver. No quiero decir que sea un dulce. Me dolió más de lo que nada me doliera en la vida, y la espera entre los golpes es aún peor que los golpes en sí. Pero el bocado de goma me ayudó, y el único grito que solté no llegó a oírse.


Lo tremendo es la justificación de la pena de muerte:

Esa noche traté de imaginar cómo podría evitarse que sucedieran tales cosas. Por supuesto, apenas suceden en estos días, pero incluso una vez es demasiado. No conseguí encontrar una respuesta que me satisficiera. Ese Dillinger parecía un chico normal, y su conducta e informes no podían haber sido tan malos, pues de lo contrario jamás habría llegado al Campamento Currie, para empezar. Supongo que era una de esas personalidades patológicas sobre las que uno lee en los libros, y a las que no es posible reconocer.
Bien, si no habíamos podido evitar que sucediera una vez, sí había un medio de evitar que se repitiera. El que habíamos utilizado.
Si Dillinger comprendía bien lo que hacía (cosa que parecía increíble), entonces había recibido su merecido. Excepto que era una vergüenza que no hubiera sufrido tanto como la pequeña Barbara Anne. Prácticamente, no había sufrido en absoluto.
Pero supongamos, pues es lo que parecía más probable, que estuviera tan loco como para no darse cuenta de que estaba haciendo algo malo. Entonces ¿qué?
Bien, matamos a los perros rabiosos, ¿no?
Sí, pero estar tan loco es una enfermedad...
No veía más que dos alternativas: o bien era imposible que se recuperara, en cuyo caso mejor estaba muerto, por su propio bien y por la seguridad de los demás, o bien era posible tratarle y devolverle la salud. En cuyo caso, pensé, si alguna vez llegaba a estar lo bastante sano como para vivir en una sociedad civilizada, y meditaba en lo que hizo cuando estaba «enfermo»..., ¿qué le quedaba sino el suicidio?, ¿cómo podría vivir consigo mismo?
Sin embargo, supongamos que escapase antes de que le curaran y volviera a matar otra vez. Y quizás, incluso otra vez. ¿Cómo explicar eso a los abrumados padres de la víctima, y en vista de los antecedentes además?
Entonces sólo veía una respuesta.


Esto demuestra que la violencia y la tortura se aceptan como métodos de enseñanza válidos en el ejército. Pero no sólo en el ejército, en otro lado del libro se aceptan los golpes en el sistema educativo:

Recordé de pronto una discusión en nuestra clase de historia y filosofía moral. Dubois hablaba sobre los desórdenes que precedieron al colapso de la república de Norteamérica, allá en el Siglo XX. Según él, antes de que todo se viniera abajo hubo un período en el que crímenes como el de Dillinger eran tan corrientes como las peleas de perros. El Terror no sólo se hallaba implantado en Norteamérica; Rusia y las Islas Británicas lo sufrían también, así como otros países. Pero llegó al colmo en Norteamérica poco antes de que la civilización se hiciera pedazos.
Las gentes cumplidoras de la ley - nos había dicho Dubois - apenas se atrevían a ir a un parque público por la noche. Hacerlo suponía correr el riesgo de verse atacados por jóvenes salvajes armados con cadenas, cuchillos, pistolas de fabricación casera o porras, y como mínimo resultar herido, robado con toda seguridad o quedar inválido de por vida, o muerto incluso. Tal estado de cosas duró muchos años, hasta que estalló la guerra entre la Alianza ruso - anglo - americana y la Hegemonía china. El asesinato, el vicio, las drogas, el robo, los asaltos y el vandalismo estaban a la orden del día. Y no sólo ocurría en los parques, sino también en las calles y a plena luz del día, en los alrededores de las escuelas, incluso en el interior de las mismas. Pero los parques, sobre todo, eran tan peligrosos que las gentes honradas se alejaban de ellos en cuanto caía la noche.
Yo había intentado imaginar que aquello ocurriera en nuestras escuelas, y sencillamente me había resultado imposible. Ni en nuestros parques. Un parque era un lugar para divertirse, no para que te atacaran. En cuanto a que te mataran en uno de ellos...
- Señor Dubois, ¿acaso no tenían policía? ¿Ni tribunales?
- Tenían mucha más policía que nosotros. Y más tribunales. Y todos sobrecargados de trabajo.
- Entonces no lo entiendo.
Si un chico de nuestra ciudad hiciera algo semejante, él y su padre serían azotados, uno junto a otro. Mas esas cosas no ocurrían ahora. Dubois me pidió entonces:
- Defina a un «delincuente juvenil».
- Pues... uno de esos chicos que solían pegar a la gente.
- Mal.
- ¿Cómo? Pero el libro dice...
- Discúlpeme. El texto lo dice así. Sin embargo, llamar rabo a una pata no hace que el nombre encaje. «Delincuente juvenil» es una contradicción de términos, que expresa la clave del problema y el fallo en resolverlo. ¿Ha criado alguna vez un cachorro?
- Sí, señor.
- ¿Le enseñó a comportarse bien dentro de casa?
- Pues... sí, señor. Precisamente, mi lentitud en domesticarlo fue lo que hizo que mi madre decidiera al final que los perros debían estar fuera de casa.
- ¿Sí? Y cuando su perrito cometía algún error, ¿se enojaba usted?
- ¿Por qué? Él no sabía hacerlo mejor. Sólo era un cachorro.
- ¿Qué hacía usted?
- Bueno, le reñía, le frotaba el morro con aquello y le daba unos golpes.
- Con toda seguridad él no comprendía sus palabras.
- No, pero sí veía que yo le estaba riñendo.
- Sin embargo, acaba de decir que usted no estaba furioso.
Dubois tenía un modo muy molesto de confundirle a uno.
- No, pero tenía que hacerle pensar que lo estaba. Había de aprender, ¿no?
- Concedido. Pero, si ya había quedado bien claro que usted desaprobaba aquello, ¿cómo podía ser tan cruel como para pegarle además? Usted dijo que el pobre animalito no sabía que obraba mal. No obstante, le bacía daño a propósito. ¡Justifíquese! ¿O acaso es un sádico?
No sabía entonces lo que era un «sádico», pero conocía a los cachorros.
- Señor Dubois, ¡el caso es que hay que hacerlo! Primero le riñes para que sepa que ha hecho algo malo, luego le metes el morro en la porquería para que sepa a qué te refieres y le pegas para que no vuelva a hacerlo otra vez. Y hay que hacerlo en seguida. No sirve de nada castigarle más tarde; eso sólo le confunde. Incluso así, el cachorro no aprende con una sola lección; de modo que se le vigila
y se le coge otra vez y se le pega aún más. Pronto aprende. Pero limitarse a reñirle es una pérdida de tiempo. - Y entonces añadí -: Supongo que nunca ha educado cachorros.
- Muchos. Ahora estoy criando un pachón... según sus métodos. Volvamos a esos criminales juveniles. Los peores eran algo más jóvenes que ustedes, los de esta clase, y con frecuencia habían empezado de niños su carrera fuera de la ley. No nos olvidemos de ese cachorro. Los chicos eran capturados a menudo. La policía los arrestaba a puñados a diario. ¿Les reñían? Sí, y a veces con severidad. ¿Les frotaban el morro en lo que habían hecho? Raras veces. La prensa y los organismos oficiales solían mantener sus nombres en secreto; en muchos lugares, así lo exigía la ley para los criminales menores de dieciocho años. ¿Les pegaban? ¡Por supuesto que no! A la mayoría no les habían pegado ni de niños. Había una teoría, y muy extendida, según la cual los golpes, o cualquier castigo que supusiera dolor, causaban al niño un daño psíquico permanente.
(Pensé entonces que sin duda mi padre jamás había oído hablar de esa teoría.)
- El castigo corporal en las escuelas estaba prohibido por la ley - había continuado Dubois -. Los azotes, como sentencia de un tribunal, sólo se permitían en una pequeña provincia, Delaware, y únicamente por algunos crímenes, y rara vez se llevaban a efecto. Estaban considerados como un castigo «cruel y extraordinario». - Y Dubois había murmurado -: No comprendo esas objeciones al castigo «cruel y extraordinario». Aunque un juez haya de ser benévolo en sus propósitos, su sentencia ha de hacer que el criminal sufra o no hay castigo, y el dolor es el mecanismo básico, innato en nosotros merced a millones de años de evolución, que nos salvaguarda al avisarnos de que algo amenaza nuestra supervivencia. ¿Por qué ha de negarse la sociedad a utilizar un mecanismo de supervivencia tan altamente perfeccionado? Sin embargo, ese período estaba dominado por las teorías seudo-psicológicas y pre-científicas.
»En cuanto a lo de «extraordinario», el castigo debe ser extraordinario, o no sirve a sus propósitos. - Entonces señaló a otro chico con el muñón -: ¿Qué ocurriría si a un cachorro se le pegara cada hora?
- Pues... probablemente le volveríamos loco.
- Probablemente. Desde luego, no le enseñaríamos nada. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que el director de esta escuela tuvo que azotar a un alumno?
- No estoy seguro. Unos dos años. El chico había robado...
- No importa. Es suficiente tiempo. Significa que tal castigo resulta tan extraordinario como para tener un gran significado, e instruir. Volviendo a aquellos jóvenes criminales..., probablemente no les pegaban de niños; desde luego, no les azotaban por sus crímenes. La secuencia normal era: por una primera ofensa un aviso, una reprimenda, a menudo sin juicio. Después de varias ofensas, una sentencia de confinamiento, pero una sentencia que podía suspenderse mientras el chico quedaba en libertad a prueba. Podía ser arrestado varias veces. incluso condenado varias veces, antes de ser castigado, un castigo que consistía simplemente en encerrarlo con otros como él, de los que aprendía más hábitos criminales. Si no se metía en líos durante su encierro, generalmente podía librarse de más de la mitad de la condena saliendo a prueba «bajo palabra», según la fraseología de la época.
»Esta secuencia increíble duraba años y años, mientras sus crímenes aumentaban en frecuencia y maldad, sin más castigos que esos encierros
esporádicos, aburridos pero cómodos. De pronto, al cumplir los dieciocho años, y según la ley, este llamado «delincuente juvenil» se convertía en un criminal adulto. Y a veces, en cuestión de semanas o meses, acababa en la celda de la muerte esperando su ejecución por haber cometido un asesinato. ¡Usted!
Me había señalado de nuevo.
- Supongamos que se limita a reñir a su cachorro sin castigarlo nunca, que le deja seguir soltando porquería por la casa, que de vez en cuando le encierra en un edificio exterior, pero vuelve a dejarle entrar pronto en casa diciéndole tan sólo que no lo haga de nuevo. Luego, un día, se da cuenta de que ya es un perro crecido y que sin embargo no está educado para la casa, y usted coge un arma y le mata de un tiro. Comentarios, por favor.
- ¡Vaya! En cuanto a educar a un perro, ése es el modo más absurdo del que he oído hablar.
- De acuerdo. O a un niño. ¿De quién sería la culpa?
- Pues... mía, supongo.
- De acuerdo otra vez. Mas yo no lo supongo. Lo sé.
- Señor Dubois - estalló una chica -, pero ¿por qué? ¿Por qué no pegaban a los niños cuando lo necesitaban, y usaban buenas dosis de correa con los mayores que lo merecían, una lección que jamás olvidarían? Me refiero a los que hacían algo realmente malo. ¿Por qué no?
- No lo sé - había contestado él secamente -, excepto que el método aprobado durante siglos para instilar la virtud social y el respeto a la ley en la mente de los jóvenes no atraía a la clase precientífica y seudoprofesional, los que se denominaban a sí mismos «asistentes sociales», o a veces «psicólogos infantiles». Era demasiado sencillo para ellos, al parecer, ya que cualquiera podía hacerlo echando mano tan sólo de la paciencia y la firmeza necesarias para adiestrar a un cachorro. A veces me he preguntado si no tendrían intereses creados en aquel desorden, pero es improbable; los adultos actúan casi siempre por «razones elevadas», sea cual sea su conducta.
- ¡Pero santo cielo! - rebatió la chica -. A mi no me gustaban las zurras, como a ningún niño; no obstante. cuando la necesitaba, mi madre me daba una. La única vez que me dieron azotes en la escuela recibí otra buena tanda cuando llegué a casa, y eso fue hace años. Confío en que nunca me veré ante un juez que me sentencie a ser azotada; una se porta bien, y esas cosas no ocurren. No veo nada erróneo en nuestro sistema, es mucho mejor que no poder salir a la calle por miedo a que te maten. ¡Cielos, eso es horrible!
- Estoy de acuerdo. Jovencita, el trágico error de lo que hicieron aquellas gentes bien intencionadas, en contraste con lo que ellos creían hacer, tiene raíces muy profundas. Porque ellos no tenían una teoría científica de la moral. Sí tenían una teoría de valores morales, y trataban de vivir de acuerdo con ella (no debería haberme burlado de sus motivos), pero su teoría era errónea: un cincuenta por ciento de sueños quiméricos y otro cincuenta por ciento de charlatanería racionalizada. Cuanto más ansiosos estaban de obrar bien, más se alejaban de la verdad. Verá, ellos suponían que el hombre tiene un instinto moral.
- ¿Cómo, señor? Bueno, lo cierto es que sí lo tiene. ¡Yo lo tengo!
- No querida, usted tiene una conciencia cultivada, y muy cuidadosamente adiestrada. El hombre no tiene instinto moral. No nace con sentido moral. Usted no nació con él, ni yo, como no lo tiene el cachorro. Nosotros adquirimos el sentido moral, si es que lo adquirimos, mediante el adiestramiento, la experiencia y el sudor de la mente. Esos desgraciados criminales juveniles nacían sin sentido moral, igual que usted y que yo, pero no tenían oportunidades de adquirirlo; su experiencia no se lo permitía. ¿Qué es el sentido moral? Es una elaboración del instinto de supervivencia. El instinto de supervivencia está en la misma naturaleza humana, y todo aspecto de nuestra personalidad deriva de él. Todo lo que entra en conflicto con el instinto de supervivencia actúa, más pronto o más tarde, para eliminar al individuo, y por tanto deja de aparecer en las generaciones futuras. Esta verdad es matemáticamente demostrable, y comprobable en todas partes. Es el imperativo eterno que controla todo lo que hacemos.
»Pero el instinto de supervivencia puede cultivarse en motivaciones más sutiles y mucho más complejas que el instinto ciego y brutal del individuo por seguir vivo. Jovencita, lo que usted llamó «su instinto moral» no es más que lo que le enseñaron sus mayores: la verdad de que la supervivencia puede tener imperativos más fuertes que los de la suya personal. La supervivencia de su familia, por ejemplo. O de sus hijos, cuando los tenga. O de su nación si seguimos ascendiendo por la escala. Una teoría científicamente comprobable de los valores morales debe estar arraigada en el instinto de supervivencia del individuo, ¡y en nada más!, y debe describir correctamente la jerarquía de supervivencia, observar las motivaciones a cada nivel y resolver todos los conflictos.
»Nosotros disponemos ahora de esa teoría, y podemos resolver cualquier problema moral a cualquier nivel. El propio interés, el deber para con la familia, el deber hacia el país, la responsabilidad hacia la raza humana... Incluso estamos desarrollando una ética exacta para las relaciones extrahumanas. Pero todos los problemas morales pueden ilustrarse con esta cita: «Ningún hombre es capaz de más amor que una gata que muere por defender a sus gatitos». Una vez comprenda usted el problema al que se enfrenta esa gata, y cómo lo resuelve, entonces podrá examinarse y descubrir hasta qué punto de la escala moral está dispuesta a subir.
»Esos delincuentes juveniles estaban en el nivel mas bajo. Nacidos únicamente con el instinto de supervivencia, la moralidad mas elevada a la que llegaban era una débil lealtad hacia los grupos de sus pares, las pandillas callejeras. Pero aquellos «empeñados en hacer el bien» intentaban «apelar a sus mejores instintos» «llegar hasta ellos», «prender la chispa de su sentido moral». ¡Bobadas! Ellos no tenían «mejores instintos»; la experiencia les enseñaba que lo que hacían era su modo de sobrevivir. El cachorro jamás recibió su zurra; por tanto, lo que hacía con placer y con éxito debía de ser «moral».
»La base de toda moralidad es el deber, un concepto con la misma relación con respecto al grupo que el interés egoísta tiene con respecto al individuo. Nadie predicaba el deber a aquellos chicos de modo que pudieran entenderlo, es decir con una zurra. No obstante, la sociedad en que vivían les hablaba constantemente de sus «derechos».
»Y así los resultados hubieran podido predecirse, ya que un ser humano no tiene derechos naturales en absoluto.

Por supuesto, y en contra de lo que dice un viejo comentarista, la gente no tiene derechos naturales (aquí conocidos como derechos humanos):

Dubois había hecho una pausa. Y alguien mordió el anzuelo.
- ¿Señor? ¿Qué opina entonces de lo de «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad»?
- Ah, sí, «los derechos inalienables». Cada año hay alguno que cita esa poesía magnífica. ¿La «vida»? ¿Qué derecho a la vida tiene un hombre que se está ahogando en el Pacífico? El océano no se apiadará de sus gritos. ¿Qué «derecho» a la vida tiene el hombre que debe morir si ha de salvar a sus hijos? Si él prefiere salvar la suya, ¿lo hará por cuestión de «derechos»? Si dos hombres están muriéndose de hambre, y el canibalismo es la única alternativa frente a la muerte, ¿a cuál de los dos pertenece ese «derecho inalienable»? ¿Y es de verdad un «derecho»? En cuanto a la libertad, los héroes que firmaron aquel gran documento se comprometieron a comprar la libertad con su vida. La libertad jamás es inalienable; debe redimirse con regularidad con la sangre de los patriotas, o se pierde para siempre. De todos los llamados «derechos humanos naturales» que se han inventado, la libertad es el más caro, desde luego, y jamás será gratuito.
»Y respecto al tercer derecho, la «búsqueda de la felicidad», en realidad sí es inalienable, pero no un derecho; es, sencillamente, una condición universal que los tiranos no nos pueden arrebatar, ni los patriotas restaurar. Tanto si me meten en una celda como si me queman en la hoguera o me coronan rey, yo puedo seguir «buscando la felicidad» mientras mi cerebro viva; mas ni los dioses, ni los santos, ni los sabios, ni las drogas sutiles pueden asegurar que la consiga.
Entonces Dubois se volvió hacia mí:
- Dije antes que «delincuente juvenil» era una contradicción de términos. «Delincuente» significa que ha fallado en el cumplimiento del deber. Ahora bien, el deber es una virtud de adultos. En realidad, un joven sólo se hace adulto cuando adquiere un conocimiento del deber y lo abraza con afecto idéntico al amor que ha sentido por sí mismo desde que nació. Nunca hubo, ni puede haber, un «delincuente juvenil». Por otra parte, por cada criminal joven hay siempre uno o más delincuentes adultos, gentes maduras que o no conocen su deber o, conociéndolo, fallan en cumplirlo. Y ése fue el punto débil que destruyó lo que durante muchos años fuera una cultura admirable. Los gamberros que asolaban las calles eran síntomas de una grave enfermedad; sus ciudadanos (todos eran ciudadanos entonces) glorificaron su mitología de los derechos... y se olvidaron por completo de sus deberes. Ninguna nación así constituida es capaz de perdurar.
 
Me pregunté si el coronel Dubois habría calificado a Dillinger como criminal juvenil que merecía piedad aunque tuviéramos que librarnos de él, o como delincuente adulto que sólo merecía el desprecio.
No lo sé. Nunca lo sabría. De lo único que estaba seguro es de que nunca volvería a matar a otra niña. Eso me satisfizo. Y así me dormí.


Luego una apología del soldado que simplemente mata porque sí si eso es lo que le ordenan:

Hay una docena de modos distintos de originar una destrucción impersonal por completo mediante naves y misiles de uno u otro tipo, con catástrofes tan inmensas y generales que la guerra termina porque esa nación, o planeta, ha cesado de existir. Lo que hacemos nosotros es totalmente distinto. Nosotros hacemos la guerra de un modo tan personal como pudiera serlo un puñetazo en la nariz. Podemos ser muy selectivos, aplicando exactamente la cantidad necesaria de presión en el punto especifico y en el momento preciso. Por supuesto, nunca nos han dicho que bajemos y matemos a todos
los pelirrojos zurdos en un área particular, mas si nos lo dijeran lo haríamos. Y lo haremos.

Nosotros somos los que vamos a un lugar en especial, a la hora H, ocupamos el terreno indicado, nos instalamos en él, sacamos al enemigo de sus agujeros y les forzamos allí mismo a rendirse o morir. Somos la infantería sanguinaria, los rudos, los soldados de a pie que van donde está el enemigo y lo capturan personalmente. Llevamos haciendo esto, con cambios en el armamento pero no en nuestro oficio, al menos desde hace cinco mil años, cuando los soldados de a pie de Sargón el Grande obligaron a los sumerios a gritar: «¡Basta!»

Tal vez puedan prescindir de nosotros algún día. Tal vez algún genio loco y miope, con la frente abombada y una mente cibernética, invente un arma capaz de bajar por un agujero, hacer salir al enemigo y obligarle a rendirse o morir, sin matar a la vez a los compañeros que se hallan prisioneros allí. No lo sé; no soy un genio. Sólo soy un I.M.

Mientras tanto, y hasta que construyan una máquina que nos reemplace, mis compañeros pueden encargarse de todo ese trabajo, y yo aportaré mi granito de arena. Tal vez algún día quede todo ordenado y arreglado, y consigamos eso que cantamos en las marchas: «Ya no tendremos que estudiar más sobre la guerra». Es posible. Es posible que ese mismo día el leopardo se vea libre de sus manchas y se convierta en una vaca de Jersey. Pero, repito: no lo sé. No soy un profesor de cosmopolítica. Sólo soy un I.M. Cuando el gobierno me envía a la guerra, voy. Mientras tanto, hago muchas
prácticas.


¿Esto se podría acusar de apología del soldado sanguinario? ¿Es éste el tipo de soldado que queremos?

Lo refuerza con una escena de batalla:

No sólo eso fue mal. Pueden pensar lo que quieran, pero todo fue un lío. Yo no sabía lo que pasaba, por supuesto. Me limité a seguir junto a Dutch, tratando de disparar y abrasar a todo lo que se moviera, dejando caer una granada por un agujero en cuanto veía uno. Me acostumbré tan de prisa que pronto fui capaz de matar a una Chinche sin perder municiones ni el juicio, aunque todavía no sabía distinguir entre las que eran inofensivas y las que no. Sólo una entre cincuenta es un guerrero, pero ésa compensa por las otras cuarenta y nueve. Sus armas personales no son tan pesadas como las nuestras, pero sí igualmente letales: tienen un rayo que penetra el traje acorazado y saja la carne como si cortara un huevo duro, y cooperan entre ellas incluso mejor que nosotros... porque el cerebro que está pensando por toda una escuadra no está donde uno puede alcanzarlo, sino allá abajo, en uno de los agujeros.

Sólo uno de cada 49 es militar, pero eso justifica arrasarlos a todos.

La parte más famosa del libro la representa su sistema político, sólo una minoría tiene derecho a votar.
El sistema en que se basa para establecer ese derecho no está exento de respulsión:

Superficialmente, nuestro sistema apenas es ligeramente distinto: nosotros tenemos una democracia no limitada por la raza, el color, el credo, el nacimiento, la riqueza, el sexo o la convicción, y cualquiera puede ganar el poder soberano mediante un plazo de servicio, generalmente corto y no demasiado duro, en comparación con los esfuerzos de nuestros antepasados cavernícolas. Pero esa ligera diferencia supone un sistema que funciona, ya que está construido para encajar con los hechos frente a otro que es inestable por sí mismo. Puesto que la ciudadanía soberana es lo supremo en cuanto a autoridad humana, nos aseguramos de que todos los que la poseen acepten lo definitivo en cuanto a responsabilidad social. Exigimos que toda persona que desee ejercer el control sobre el estado ponga en peligro su propia vida, y la pierda si es necesario, para salvar la vida del estado. La máxima responsabilidad que un ser humano puede aceptar está así equilibrada con la autoridad suprema que un humano puede ejercer. Yin y Yang, perfectos e iguales.
Y el mayor añadió:
- ¿Puede alguien aclarar por qué nunca ha habido una revolución contra nuestro sistema, a pesar del hecho de que todo gobierno de la historia las ha tenido? ¿A pesar del hecho notorio de que las quejas son constantes?
- Señor - uno de los cadetes mayores aprovechó la ocasión - la revolución es imposible.
- Sí, pero ¿por qué?
- Porque la revolución, el levantarse en armas, no sólo requiere la insatisfacción, sino también la agresividad. Un revolucionario ha de estar dispuesto a luchar y morir, o sólo es un exaltado de salón. Si usted separa a los agresivos y los convierte en guardianes de las ovejas, éstas nunca crearán problemas.


Me encanta la idea de que sólo puedan votar quienes han sido soldados, por lo visto un médico pacifista no es lo bastante responsable para votar, pero aún más me encanta el cinismo con que da la razón, esa aseveración de pacifistas a cobardes. Esa forma de decir que debemos dar el poder a los violentos porque lo harán bien y como son más violentos que los otros pues no tendrán quienes se les opongan, la dictadura de los violentos, no está mal.

Y el tremendo desprecio que lleva implícito, las ovejas no tenemos derecho alguno. Nauseabundo.

No voy a poner ya el inherente racismo que hay en toda la obra, la otra especie inteligente, las chinches, son descritas durante todo el tiempo como seres inteligentes pero vomitivamente feos, en ningún momento se les concede el más mínimo derecho o consideración, la única chinche buena es la chinche muerta, jamás se plantea una paz, o una negociación, o que las que hayan ido a la guerra lo hayan hecho con oposición interna a la que haya que proteger, o que pueda haber una chinche pacifista, no, se arrasan con todas, civiles o militares, de uno u otro planeta, en todo lado que se puedan encontrar.

Y el razonamiento para esto es que la única manera de supervivencia es arrasar con todo posible rival. Las guerras se producen por el control de las materias primas insuficientes por expansión demográfica, y no es recomendable tratar de detener ésta para que no haya guerras, es mejor seguir creciendo y matar a nuestros rivales:

Pero era interesante. A mí me cayó uno de aquellos ejercicios de tesis maestras que él lanzaba con tanta liberalidad. Yo había sugerido que las Cruzadas fueron diferentes de la mayoría de las guerras. Casi me corta la cabeza, y además me entregó esto: «Se le exige que demuestre que la guerra y la perfección moral derivan de la misma herencia genética».
Lo resumiré así: todas las guerras surgen debido al crecimiento de población (sí, incluso las Cruzadas, aunque uno tiene que estudiar las rutas comerciales y el índice de natalidad, y varios otros aspectos, para demostrarlo). La moral social - todas las reglas morales correctas - deriva del instinto de supervivencia; la conducta moral es la conducta de supervivencia por encima del nivel individual, como en el caso del padre que muere por salvar a sus hijos. Pero como el crecimiento de la población resulta del proceso de supervivencia a través de los demás, entonces, la guerra, ya que resulta del crecimiento de la población, deriva del mismo instinto heredado que produce todas las reglas morales adecuadas a los seres humanos.
A comprobar: ¿Es posible abolir la guerra reduciendo el crecimiento de la población (acabando así con los males evidentes de la guerra) mediante la creación de un código moral bajo el cual la población quede limitada a los recursos?
Sin debatir la utilidad o moralidad de la paternidad planificada, puede comprobarse mediante la observación que cualquier raza que detiene su propio crecimiento es absorbida por las razas que se expanden. Algunos pueblos lo hicieron, según se lee en el historia de la Tierra, y otras razas avanzaron y se apoderaron de ellos.
Sin embargo, supongamos que la raza humana consigue equilibrar los nacimientos y las defunciones del modo más adecuado a sus propios planetas, y de ese modo reina la paz. ¿Qué ocurre entonces?
Pues que muy pronto (digamos el miércoles próximo) las Chinches vienen, acaban con esta raza que «ya no quiere estudiar más acerca de la guerra» y el universo se olvida de nosotros para siempre. Cosa que todavía puede suceder. O bien nosotros nos expandimos y borramos a las Chinches, o ellas aumentan en número y nos borran, porque ambas razas son fuertes e inteligentes, y desean el mismo espacio vital.
¿Saben ustedes con qué rapidez conseguiría el aumento de población que llenáramos todo el universo, hombro con hombro? La respuesta es asombrosa: es como el parpadeo de un ojo en términos de la edad de nuestra raza.
Pruébenlo. Es una expansión a interés compuesto.
Pero ¿tiene algún derecho el hombre a extenderse por el universo?
El hombre es lo que es: un animal salvaje con voluntad de sobrevivir y (hasta ahora) con la capacidad necesaria para enfrentarse a cualquier competencia. A menos que uno lo acepte así, todo lo que se diga sobre la moral social, la guerra, la política - lo que sea - es pura tontería. La moral correcta surge de saber lo que el hombre es, y no lo que a esas viejas solteronas, a esos hombres de buenas intenciones y deseosos de obrar bien, les gustaría que fuera.
El universo nos hará saber - más adelante - si el hombre tiene o no algún «derecho» a expandirse a través de él


Podría poner unos cuantos ejemplos más, el libro es jugoso en ellos, pero creo que es suficiente.

Ahora pensad que éste es el autor de cabecera de los liberales, gentes tipo Bush, o los que pueblan esa bitácora vecina que lo ponen en su trío de gentes a quien adorara junto a la Tacher y a Bush.

Pensad que todo el análisis que se hace aquí se puede llevar a los conflictos, no sólo entre especies competidoras, sino entre razas competidoras.

Y ahora pensad que esto justifica la pobreza del tercer mundo, su exterminio, robarles cualquier cosa que ambos necesitemos. Al fin y al cabo sólo la guerra garantiza la supervivencia, y ningún hombre nace con derechos 'naturales' y por lo tanto no hay por qué respetarlos. En el libro habla de chinches, pero si el discurso fuese contra los árabes seguiría siendo exactamente la misma cosa.
01:00 del 2004-05-19 # 15 Comentarios

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Comentarios

1
De: Yabba Fecha: 2004-11-06 15:32

Yo no ví Starship Troopers II porque no esperaba nada bueno de ella. Vi la primera parte porque estaba con amigos que querían verla, aunque yo no tenía el menor interés porque ya había leído el libro... y detestado su trasfondo militarista, facha y esa idolatría de la camaradería militar tan angelical e inexistente.

Pero la verdad es que la primera parte me entretuvo. Para empezar, flipando con las licencias que se tomó el director en el casting (el protagonista debería ser un hispano nacido en Filipinas y con familia en Buenos Aires... y lo encarna Casper Van Dieem, rubísimo holandés), con la trama y convirtiendo lo inexistente en paródico. Buena no digo que sea, pero ... cogió todo lo que odiaba del libro y se rió de ello. A mí ya me sirvió de algo :)



2
De: Akin Fecha: 2004-11-06 21:02

Paul Verhoeven ¿Se escribe así? es lo único que me hace dudar de si la primera fue una parodia. A mí me pareció más bien una película destinada a loa votantes de Bush :)



3
De: Yabba Fecha: 2004-11-07 00:02

Pues deberías leer el libro. La peli es una parodia (en mi opinión) de los excesos de "Tropas del espacio".

Su autor, Robert Heinlein, era un señor de ideas de izquierda, bastante radicales incluso, y PACIFISTA. Hasta que se casó con una señora de fuertes convicciones religiosas y conservadoras. Se pasó a lo que puedes leer en el libro o ver en la peli (aunque te repito : la peli está descafeinada en lo que se refiere a la exaltación del heroísmo, la camaradería y la fuerza de las armas como única manera, según él, de llegar a la paz).

Toda esta historia la contó en su autobiografía Isaac Asimov, que en aquella época formaba parte del grupo de autores llamados "Los tres grandes de la ciencia ficción", junto con Arthur C. Clarke y el propio Robert A. Heinlein.



4
De: Akin Fecha: 2004-11-07 00:26

Yabba: http://akin.blogalia.com/historias/18750

Es mi análisis del libro, espero que te guste ;)



5
De: BLAGDAROS Fecha: 2004-11-07 07:16

Yo la primera peli de Starship Troopers, al igual que el libro, la veo como una critica a los sistemas militaristas muy en la linea del director. (acordaos de Robocop).

En ambos, el autor se limita a describir como piensan determinados personajes en un ambiente militarista, pero no veo ningun juicio de valor que pueda llevar a pensar que el autor comulga con esas ideas. De hecho, no hace falta más que ver otras obras del autor (Viernes o Tiempo para amar, por ejemplo) en los que muestra unas ideas muy diferentes.

La verdad es que la primera vez que intenté leer tropas del espado tambien me parecio una fascistada y no lo terminé. Luego leí viernes y me decidí a leerlo por segunda vez. Mi opinión cambió por completo. Efectivamente, el autor no hace ningun juicio de valor apreciable en la novela.

Lo que pasa es que hay muchas formas de hacer critica. En Tropas del Espacio, tanto si hablamos de la novela como de la pelicula de Verhoeven, no se usa la denuncia social como medio de crítica. Se limita a recrear un ambiente y mostrarlo a la gente para que por su propio pié decidan si les gusta o no.De hecho, para mi esa es la unica conexion, al margen de un leve parecido argumental, entre la pelicula y el libro.

Y en la peli hay muchos detalles que tienen bastante mala leche. No me digais que el personaje del sargento instructor interpretado por Clancy Brown no es grotesco o que la escena en la que un funcionario le dice a Rico "la infanteria movil hizo de mi el hombre que soy" y cuando se separa se ve que el tio no tiene piernas no está cargada de mala leche.

Claro que dudo que un votante de Bush sea capaz de reconocer esos detalles.



6
De: Akin Fecha: 2004-11-07 09:55

Heinleim, y creo que lo dijo hasta él, siempre habla a través de uno de sus personajes, casi siempre un señor tirando a anciano, muy sabio, y referente moral del resto de personajes. Aparece en casi todas sus obras, y de las que le he leído en todas menos en 'Job' que es una comedia pura y dura.

En tropas del espacio habla por medio de dos personajes, los referentes morales, uno en tierra y otro durante el proceso de batalla, y lo que defienden... bueno, lo he puesto en el otro post, y como allí tuve que teclear mucho pues no repetiré argumentos.

Y mi conclusión es que era un individualista americanos, concepción vital muy muy cercana a lo que aquí llamamos facha.

Por cierto Blagdaros, que te hice caso, vi 'olvídate de mí' y, joder, que peli tan deprimente...



7
De: BLAGDAROS Fecha: 2004-11-07 12:45

"Olvidate de mi"...bueno, ya te la comenté en el post que pusiste al respecto. Sí, es triste, pero me gustó.



8
De: Yabba Fecha: 2004-11-07 13:54

Vaya, Akin, yo contándote lo que evidentemente sabías mejor que yo... :)

Yo debía tener unos 22 años cuando repudié "Tropas del espacio". No lo he vuelto a leer desde entonces. Tenía un cierto temor de que mi opinión estuviese contaminada por un recuerdo fragmentario o porque a los 22 años hubiese sido incapaz de captar alguna sutileza.

Los fragmentos que pusiste del libro me reafirmaron : a los 22 años ya pensaba como ahora, por suerte. Y tus comentarios me parecen totalmente correctos. Creo que sacamos más o menos las mismas conclusiones del libro.

Por cierto, en aquella época yo no tenía ni un duro... y tenía un amigo que prácticamente devoraba cualquier cosa (a veces cualquier basura) empaquetada como ciencia ficción. Estaba de cumpleaños y le regalé el libro. Total, lo iba a tirar... y siempre me ha costado mucho tirar a la basura un libro, aunque lo odie. Jorge lo encontró igual de facha que yo... pero le gustó a la vez. Al menos alguien disfrutó con él. Yo, NO.



9
De: BLAGDAROS Fecha: 2004-11-08 11:33

Bueno, al margen de ideologías, no es una mala novela de ciencia ficción.



10
De: Yabba Fecha: 2004-11-08 16:14

No lo pongo en duda, pero yo no supe apreciarlo. En esas fechas estaba esperando el resultado de mi examen ocular para librar (o no) de la mili. La exaltación de la vida castrense no estaba entre mis temas favoritos. Y tener un padre cuya ilusión era que su hijo que teclea estas líneas fuese militar profesional (cuando al hijo en cuestión le producía ardor de estómago sólo escuchar trompetas) tampoco ayudaba demasiado. Leer algo que te produce rechazo visceral, sobre todo en momentos en los que estás especialmente sensible, te impide valorar la calidad literaria. Al menos, a mí me lo impidió. :)



11
De: Dolmancé Fecha: 2005-09-19 20:11

Discrepo. Creo que la historia terminará dando la razón a Heinlein. El pasado ya se la ha dado, porque el motor de la humanidad es la guerra (en todas sus formas, yo diría, al revés de Von Clausewitz que la política es la continuación de la guerra por otros medios). El presente se la está dando (sus profecías se cumplen rigurosamente). Y el futuro, guste o no, se la dará (ojo al dato, los bloques que el augura no son descabellados, una alianza anglo-ruso-americana contra la hegemonía china, interesante).
Considero infinitamente mejor una sociedad en la que se usa la violencia y los derechos civiles se ganan (podríamos discutir si la forma que propone Heinlein es la mejor), como la del libro, que no una sociedad hedonista y pacifista, la nuestra, que está esperando, como en el poema de Cavafis, la llegada de los bárbaros.
Leed a Toynbee y sabréis lo que nos espera.



12
De: Akin Fecha: 2006-02-20 18:17

Vaya, otro fascista de visita... Tú mismo hombre...



13
De: Blagdaros Fecha: 2006-02-21 10:08

Dolmancé, dices que la historia terminará dándole la razón a Heinlein como si él defendiese el sistema sociopolítico que se describe en Tropas del Espacio.

Sin embargo y sin tener en cuenta que en el libro no se defiende para nada ese sistema, un conocedor de su obra, se dará cuenta de que no es así. Basta con leer Viernes o Tiempo Para Amar.

Respecto a tu valoración de nuestra sociedad, no creo que estemos en una sociedad pacifista, ni mucho menos hedonista.

Personalmente considero que la única forma de mantener el orden es mediante la represión, pero la represión no tiene porque desembocar en la violencia necesariamente.

Además, un sistema que abuse de la violencia para su mantenimiento, acabará produciendo el efecto contrario. No hay más que ver lo que sucedió con el III Reich o con el Stalinismo.



14
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