La chica de la cafetería
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By Akin since 2002
Ninguno de mis compañeros de trabajo entiende por que la encuentro tan hermosa, me dan la razón en que tiene unas piernas largas, en que es estilizada pero con las curvas necesarias para resultar atractiva, en que tiene un hermoso tono de piel y un rostro aceptable.

Y yo no voy a explicarles por qué me gusta mirarla, incluso aunque me haya sorprendido observándola en varias ocasiones y haya tenido que desviar la mirada avergonzado. Tiene un rostro hermoso, tiene ojeras me replican, y sí, las tiene, pero ese rasgo le da mayor profundidad a su mirada, realza esos ojos castaños de largas pestañas, no necesita sombra de ojos replico. Y tiene unos labios suaves y carnosos, gruesos pero no en exceso, adecuados para compensar un rostro alargado rematado en un fino y casi altivo mentón. Tiene el pelo negro, en media melena, que deja ver todo su rostro y que no oculta tampoco sus hombros, elegantes y bien formados, ni su largo cuello. Es en cierto modo un ejemplo de elegancia natural, en el rostro, en el cuerpo, incluso en la forma de moverse y de vestir.

Pero no es eso lo que me gusta, eso sólo es lo accesorio. Tiene una hermosa voz, y como saben los que me conocen eso es una de las cosas que más me gustan en una mujer, y un hablar dulce y pausado, habla bajo como si temiese decir cosas.

Y ése, por alguna razón, es el rasgo que me tiene enamorado. Es una chica tímida, habla bajo, nunca se ríe de forma abierta sino que muestra una media sonrisa que le llega a la mirada. Tiende a bajar la vista cuando la observan, una pequeña caída de ojos, un gesto apenas perceptible con la cabeza, y uno casi esperaría que se ruborizase. Es un gesto natural en ella, automático, inconsciente, un gesto de timidez, casi de coqueto recato, de fina discrección, o comedimiento consciente de quien se sabe destino de muchas miradas e intenta que no se note el rubor que ello le produce. Un gesto de protección ante el sondeo de los extraños y al tiempo un rechazo cargado de sensibilidad para no herir el orgullo ajeno.

No me explico por qué, pero ese pequeño gesto me produce una enorme ternura, me dan ganas de acercarme y abrazarla, de besarla, me dan ganas de decirle que quiero pasar con ella el resto de mis días, que he estado toda mi vida esperándola, que quiero ser su poeta y su caballero, quiero susurrarle todos los días lo hermosa que es y dejar que ella me susurre que me ama, quiero verla envejecer hasta que ambos seamos dos ancianos canosos que miran el pasado con la seguridad de quien ha sido realmente feliz.

Pero ni siquiera me he atrevido a pedirle a un amigo común que me la presente, ni siquiera me he atrevido a preguntarle si ella está casada o tiene pareja. Probablemente soy un cobarde, pero ahora mismo ella es mi chica de la cafetería.
01:00 del 2004-05-29 # 0 Comentarios

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