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ANTIGUA AUTOPISTA MONTGOMERY, BIRMINGHAM (ALABAMA)
2 DE FEBRERO DE 1986


—¡Oh, Evelyn! —exclamó Mrs. Threadgoode nada más verla entrar—. Cómo me hubiese gustado que hubieses llegado diez minutos antes. Te has perdido conocer a mi vecina Mrs. Hartman. Ha venido y me ha traído esto —añadió mostrándole a Evelyn un tiestecito de cerámica en forma de cocker-spaniel con una plantita—. Y a Mrs. Otis le ha traído unas azucenas preciosas. Con la ilusión que me hacía que la conocieses, porque te encantaría. Su hija es la que últimamente me riega los geranios. Le he hablado mucho de ti...
Evelyn dijo que sentía mucho no haber coincidido, y le dio a Mrs. Threadgoode el bizcocho de fresa que había comprado por la mañana en la panadería. Mrs. Threadgoode se lo agradeció efusivamente y siguió allí sentada, comiendo y admirando su tiestecito de cerámica.
—Los cocker-spaniel me encantan, ¿y a ti? Son la cosa más alegre del mundo. El pequeño de Ruth y de Idgie tenía uno que, cada vez que te veía, empezaba a zigzaguear y a menear la cola a tu alrededor como si hiciese siglos que no te veía; y a lo mejor sólo habías ido a la vuelta de la esquina.
Y en cambio, los gatos se comportan como si no les importases lo más mínimo. También hay personas así, ¿sabes?, ariscas, que no se dejan querer. Idgie era así.

Evelyn se sorprendió.

—¿De verdad? —dijo mordiendo un trocito de bizcocho.

—Ya lo creo, encanto. En el Instituto los llevaba a todos de cabeza. Faltaba muchas veces y, cuando iba, se presentaba siempre con aquel raído mono que había sido de Buddy. Porque la mitad del tiempo lo pasaba en el bosque con Julián y sus amigos, cazando y pescando. Pero les gustaba a todos. A los chicos y a las chicas; a los blancos y a los negros; todos querían estar siempre con Idgie. Tenía aquella amplia sonrisa de los Threadgoode y, cuando quería..., ¡te partías de risa con ella! Como te
dije, tenía el mismo encanto de Buddy...

»Pero había en Idgie algo salvaje. Era como una gata. No dejaba que nadie se le acercase demasiado. Si creía que alguien se interesaba demasiado por ella, se alejaba. Rompía corazones a diestro y siniestro. Sipsey decía que era así porque mamá había comido caza cuando estaba embarazada de Idgie, ¡y que por eso se comportaba como una salvaje!

»Sin embargo, cuando Ruth vino a vivir con nosotros, cambió de la noche a la mañana como no te puedes imaginar.

»Ruth era georgiana, de Valdosta, y vino para encargarse de todas las actividades de las Juventudes Baptistas que mamá organizaba en la parroquia aquel verano. No debía de tener más de veintiún o veintidós años. Tenía el pelo castaño claro y los ojos marrones, con largas pestañas, y era tan dulce y cariñosa que todos se enamoraban de ella nada más verla. Era inevitable: una de esas chicas que rezuma encanto por todas partes; y, cuanto más la conocías, más bonita te parecía.

»Era la primera vez que salía de casa y, al principio, era muy tímida con todo el mundo y estaba un poco cohibida. Era lógico porque no tenía hermanos ni hermanas. Sus padres la habían tenido ya de muy mayores. Su padre había sido predicador, en Georgia, y creo que la educaron con excesivo rigor.

»Pero en cuanto la vieron los chicos de la ciudad, que nunca iban a la iglesia, empezaron a ir todos los domingos. No creo que ella tuviese ni la menor idea de lo bonita que era. Era amable con todo el mundo y a Idgie la fascinó... Idgie debía de tener entonces quince o dieciséis años.

»La primera semana después de llegar Ruth, Idgie no hacía más que dar vueltas alrededor del cinamomo para verla entrar y salir de la casa. Luego, al poco, empezó a dejarse ver, exhibiéndose; haciendo el pino, lanzando la pelota de rugby en el patio, o yendo hacia casa con una ristra de sardinas
colgando del hombro para cruzarse con Ruth cuando venía de la iglesia.
»Contaba Julián que no había pescado las sardinas, ni mucho menos, sino que se las compraba a unos negritos del río. Cometió el error de decirlo delante de Ruth, y eso le costó un par de zapatos que Idgie le llenó de estiércol de vaca por la noche.

»Entonces, un día, mamá le dijo a Ruth: "¿Quieres, por favor, intentar que esta hija mía se siente y cene como las personas?". Ruth salió entonces y le preguntó a Idgie, que estaba subida al cinamomo leyendo una revista policíaca, si quería aquella noche cenar en la mesa. Idgie no la miró, pero le dijo que lo iba a pensar. Y ya estábamos todos sentados y a punto de terminar la oración cuando entró Idgie y fue arriba. Oímos que andaba con los grifos del cuarto de baño y, a los cinco minutos, Idgie, que casi nunca comía con nosotros, empezó a bajar las escaleras.

»Mamá nos miró a todos y susurró: "Mirad, niños, vuestra hermana está que bebe los vientos por Ruth, y eso es algo que no se puede evitar. Así que nada de reírse de ella. ¿Entendido?".

»Dijimos que no íbamos a reírnos, pero allá que baja Idgie con pinta de haberse dado de restregones en la cara y el pelo suelto e impregnado de qué sé yo qué brillantina habría encontrado en el cajón de la farmacia. Tratamos de no reírnos, pero es que iba hecha una facha. Todo lo que Ruth le preguntó fue si quería más judías tiernas, y se sonrojó de tal manera que se le pusieron las orejas como un tomate... Patsy Ruth empezó primero, apenas una risita; luego Mildred. Y, como te dije, yo iba siempre un poco a remolque, empecé yo también y luego Julián, que ya no podía más y escupió, sin querer, las patatas que tenía en la boca sobre la pobre Essie Rue, que estaba sentada enfrente de él.

»Fue terrible que no pudiésemos controlarnos, pero es que no pudimos. Mamá nos dijo entonces: "Ya podéis levantaros de la mesa", y corrimos todos al salón y nos tiramos por el suelo muriéndonos de risa. Patsy Ruth se hizo pipí encima. Pero lo realmente divertido fue que a Idgie le impresionó
tanto estar sentada al lado de Ruth que estuvo todo el rato como hipnotizada, y ni siquiera se dio cuenta de qué nos reíamos, porque, al pasar por el salón, nos miró y nos dijo: "¡Vaya manera de comportarse delante de extraños!". Así que, como te puedes imaginar, nos mondamos otra vez...

»Al poco de aquello, Idgie empezó a comportarse como un dócil cachorrillo. Creo que Ruth, por su parte, se encontraba muy sola aquel verano... Idgie la hacía reír y, bueno, hacía lo que fuese por distraerla. Decía mamá que fue la única época que pudo conseguir que Idgie hiciese lo que ella quería
(lo único que tenía que hacer era pedirle a Ruth que le dijese que lo hiciese). Decía mamá que Idgie se habría tirado de cabeza a un precipicio si Ruth se lo hubiese pedido. Y no lo dudo ni por un momento. Incluso volvió por primera vez a la iglesia después de la muerte de Buddy.

»Allá adonde iba Ruth, allí estaba Idgie. Era algo mutuo. Se tomaron tal apego la una a la otra que las podías oír toda la noche, riendo como unas locas, columpiándose frente al porche. Sipsey incluso llegó a preocuparse viendo a Idgie de aquella manera: "Vaya locura le ha dado por esa chica".

»Lo pasamos muy bien aquel verano. Ruth, que tendía a ser un poco reservada, aprendió a no cohibirse y a participar en todo; y cuando Essie Rue empezaba a tocar el piano, ella cantaba como todos nosotros.

»Nos lo pasábamos muy bien, pero mamá me dijo una tarde que temía lo que pudiera ocurrir cuando terminase el verano y Ruth volviese a su casa.»


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WHISTLE STOP (ALABAMA)
18 DE JULIO DE 1924

Ruth llevaba en Whistle Stop unos dos meses y, aquel sábado por la mañana, alguien llamó con los nudillos a la ventana de su dormitorio a las seis de la madrugada. Ruth abrió los ojos y vio a Idgie sentada en el cinamomo, indicándole con elocuentes ademanes que abriese la ventana.

Ruth se levantó medio dormida.

—¿Qué haces levantada tan temprano?

—Prometiste que hoy iríamos de excursión.

—Ya lo sé, pero no tan temprano, ¿no te parece? Es sábado.

—Por favor. Prometiste que iríamos. Si no sales en seguida subiré al tejado y me mataré. ¿Qué harías entonces?

Ruth se echó a reír.

—Pero, ¿qué hay de Patsy Ruth, Mildred y Essie Rue? ¿Es que ellas no vienen?

—No.

—¿No te parece que deberíamos preguntarles?

—No. Por favor, quiero que vengas sólo conmigo. Por favor. Quiero enseñarte algo.

—Mira, Idgie, no quiero hacerles ese feo.

—No vas a hacerles ningún feo. No les apetece ir. Ya se lo he preguntado, y quieren quedarse en casa por si le da por pasar a alguno de sus estúpidos novietes.

—¿Estás segura?

—Claro que estoy segura —mintió Idgie.

—¿Y Ninny y Julián?

—Dicen que tienen cosas que hacer hoy. Anda, Ruth, que Sipsey ya nos ha preparado el almuerzo para las dos, para que nos lo llevemos. Si no vienes, saltaré del tejado y tendrás mi muerte en tu conciencia. Estaré muerta en la tumba y entonces desearás haber accedido a una simple excursión.

—Bueno, de acuerdo. Deja que me vista, por lo menos.

—¡Pero date prisa! No hace falta que te vistas del todo; sal tal cual estás... que te espero en el coche.

—¿Es que vamos a ir en el coche?

—Claro. ¿Por qué no?

—Bueno, pues.

Lo que Idgie no dijo es que había entrado a hurtadillas en el dormitorio de Julián a las cinco de la madrugada y le había cogido las llaves del coche del bolsillo del pantalón; así que era de la mayor importancia salir antes de que se despertase. Una vez en el coche fueron hacia un paraje que Idgie había descubierto hacía años, por la zona del lago Double Springs, donde había una cascada que caía sobre un cristalino arroyo lleno de preciosos
cantos rodados grises y marrones, suaves y redondeados como huevos. Idgie extendió la manta en el suelo y fue por la cesta, que estaba en el coche. Le estaba echando misterio.

—Ruth —dijo al fin—, si te enseño una cosa, ¿me juras que nunca se lo dirás a nadie?

—¿Si me enseñas qué? ¿Qué es?

—¿Juras que no se lo dirás a nadie?

—Lo juro. ¿Qué es?

—Ahora te lo enseño.

Idgie alcanzó la cesta y sacó de ella una jarra vacía de cristal. Luego dijo «vamos», y fueron caminando casi dos kilómetros internándose en el bosque.

—¡Ahí está! —dijo señalando a un árbol.

—¿Que ahí está qué?

—Ese roble grande de allí.

—Ah.

Idgie tomó a Ruth de la mano y la condujo hacia la izquierda, a unos treinta metros, bajo un árbol.

—Ahora, Ruth —le dijo—, quédate aquí quieta y, pase lo que pase, no te muevas.

—¿Pero qué es lo que vas a hacer?

—Ya lo verás. Tú sólo mírame, ¿de acuerdo? Y no te muevas. Y no hagas el menor ruido.

Idgie, que iba descalza, empezó a caminar hacia el roble y, al llegar a mitad de camino, se volvió a ver si Ruth la miraba.

Cuando estuvo a unos tres metros del árbol, volvió a asegurarse de que Ruth seguía mirándola. Y entonces hizo algo asombroso. Avanzó lentamente de puntillas, tarareando muy quedamente, y metió la mano con la jarra en un agujero que había justo en el centro del tronco. De pronto, Ruth oyó un sonido como de sierra mecánica, y el cielo ennegreció con una nube de
furiosas abejas que salieron en estampida del agujero. En pocos segundos, Idgie quedó cubierta de pies a cabeza por miles de abejas. Idgie se quedó quieta y, al cabo de un minuto, fue sacando la mano con cuidado del árbol y volvió lentamente sobre sus pasos hacia Ruth, sin dejar de tararear.
Al llegar junto a ella casi todas las abejas habían volado, y lo que hacía un instante no era más que una negra figura, fue de nuevo Idgie, allí de pie y con una sonrisa de oreja a oreja, con una jarra de miel silvestre en la mano.

—Aquí la tienes —dijo, ofreciéndosela a Ruth—. Para usted, madame.

Ruth, que se había llevado un susto de muerte, dejó resbalar la espalda por el tronco del árbol y se sentó en el suelo echándose a llorar.

—¡Te he visto muerta! ¿Por qué has hecho eso? ¡Te han podido matar!

—Anda, no llores —dijo Idgie—. Lo siento. Toma; ¿no quieres la miel? La he cogido sólo para ti... Por favor, no llores. No pasa nada. Lo he hecho muchas veces. Nunca me pican. De verdad. Anda, deja que te ayude a levantarte, que estás poniéndote perdida.

Idgie dio a Ruth el viejo pañuelo de hierbas que llevaba en el bolsillo del mono. Ruth todavía temblaba, pero se levantó, se sonó la nariz y se sacudió el vestido.

—Piensa, Ruth —dijo Idgie tratando de tranquilizarla—, que nunca he hecho esto por nadie. Y ahora tú eres la única persona en el mundo que sabe que puedo hacerlo. Sólo quería que compartiésemos un secreto; eso es todo.

Ruth guardó silencio.

—Lo siento, Ruth; no te enfades conmigo.

—¿Enfadarme? —dijo Ruth rodeando a Idgie con sus brazos—. Oh, Idgie. No estoy enfadada contigo. Sólo que no sé lo que haría si alguna vez te sucediese algo. De verdad.

A Idgie empezó a latirle el corazón tan fuerte que casi se cae redonda.

Después de que se hubieron comido el pollo, la ensalada de patatas, las galletas y casi toda la miel, Ruth se recostó en el árbol e Idgie reclinó la cabeza en su regazo.

—¿Sabes, Ruth?, mataría por ti. Si alguien te hiciese daño alguna vez lo mataría sin pensarlo un instante.

—No, Idgie, no digas esas cosas.

—¿Por qué no? Antes mataría por amor que por odio. ¿Tú no?

—Lo que creo es que nada justifica matar.

—Bueno. Pues, entonces, moriría por ti. ¿Qué pasa? ¿No crees que se pueda morir por amor?

—No.

—Pues la Biblia dice que Jesucristo lo hizo.

—Es distinto.

—No es distinto. Podría morir ahora mismo y no me importaría. Sería el único cadáver sonriente.

—No seas loca.

—Hoy podría haber muerto. ¿O no?

Ruth la tomó de la mano y le sonrió.

—Mi Idgie es una encantadora de abejas —le dijo.

—¿Aaaah, sí?

—Aja. Eso es lo que eres. Ya había oído que hay personas que son capaces de hacer eso, pero nunca lo había visto.

—¿Y te parece mal?

—¡Qué va! Es maravilloso. ¿O es que a ti no te lo parece?

—Psse... Más bien pensaba que era una locura.

—Es maravilloso ser una encantadora de abejas.

Ruth se inclinó hacia Idgie y le susurró al oído.

—Eres una estupenda encantadora de abejas, Idgie Threadgoode; eso es lo que eres...

Idgie le sonrió y miró hacia el cielo azul que se reflejaba en sus ojos, sintiéndose tan feliz como pueda sentirse en verano todo enamorado.


Fannie Flagg - Tomates verdes fritos.
21:07 del 2007-05-05 # 4 Comentarios

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Comentarios

1
De: descalza Fecha: 2007-05-05 23:51

¡Qué bonito, encantadora de abejas! Ahora se llama así....XD



2
De: Loli66 Fecha: 2007-05-06 21:10

me acabo de dar cuenta de que me falta un libro en mi colección...



3
De: mireia Fecha: 2007-09-06 00:52

gracias, muchas gracias por hacer que encontrara precisamente esto por internet.



4
De: luis Fecha: 2009-12-23 06:21

"Resulta curioso observar que la mayoría de las personas pueden trabar conocimiento con alguien, y gradualmente ir enamorandose sin llegar nunca a saber cuándo empezó todo exactamente. Pero Ruth lo sabía con toda precision. Cuando Idigie le sonrio y le ofrecio la jarra de miel, todos los sentimientos que había tratado de sofocar la inundaron; y en aquel mismo instante supo que amaba a Idgie con todo su corazón. Por eso se había echado a llorar aquel día. Nunca había sentido nada parecido, y comprendió que probablemente nunca volvería sentirlo por nadie.
Y por eso, un mes después, precisamente por quererla tanto, tenía que marcharse. Idgie era una jovencita de dieciseis años que estaba pasando por lo que, probablemente, sólo el inglés designa con una palabra precisa:
un crush; un enamoramiento de una chica jovencita hacia otra mayor, o de un chico hacia otro chico, que poco o nada tiene que ver con el enamoramiento al uso, ni con el sexo, sino con una apasionada idealización de la persona en si; y, por lo tanto Idgie no estaba en condiciones de valorar sus propias palabras. No tenía ni idea de lo que significaba pedirle a Ruth que se quedase a vivir con ellos. Pero Ruth si sabía lo que significaba, y que aquel crush podía tranformarse en otra cosa. Se percato entonces de que tenía que marcharse."



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