Era yo entonces un adolescente, llevaba ya años leyendo mucho sobre tecnología militar, tema en el que era curiosamente entendido. Podía distinguir un F15 de un F16 en una fotografía donde eran apenas una mancha lejana.
Quizás por aquello, era mucho más consciente del precario equilibrio militar en el que estábamos. El poderío de la flota submarina soviética, sus aviones de combate, más preparados para una guerra nuclear que los occidentales, sus silos de misiles. Y lo mismo en versión occidental, los tremendos portaaviones americanos, sus grandes bombarderos, su tecnología ECM...
Era un crío, consciente de lo que sucedería en caso de 3ª guerra mundial. Soñaba incluso con aquello, más de una vez tuve sueños inquietanes con flotas de aviones sobrevolando mi casa a gran altura, y sabiendo que en breve vería una explosión proveniente del aeropuerto de Santiago, enclave estratégico para los refuerzos americanos de cara a la guerra por tierra en centroeuropa. Aquella explosión podría significar mi conversin en vapor (mejor de las opciones) o, si era más lejana, la lenta agonía que tan crudamente mostraban en las películas realistas post-nucleares (y no me refiero a Mad Max, sino más bien a la crudísima "El día después", que antes de ser un programa de fútbol fue una película extraordinaria, verosímil y documentada)
La caída del muro significó para mí el final de aquella afición (bueno, no del todo, es algo que sigo mirando de cuando en cuando), pero sobre todo, significó el final de mis preocupaciones geomilitares y el final de aquellos sueños inquietantes. Aparecieron otros problemas, otros miedos y otras preocupaciones, pero no volví a soñar con bombarderos a punto de soltar su letal carga.
Para mí la caída del muro de Berlín también fue una gran noticia.









